Existe en Grecia un monte llamado
Taigeto, donde se supone que los antiguos griegos abandonaban a los recién
nacidos que tuvieran algún defecto o enfermedad. Esta costumbre se extendió
después al Imperio Romano, con la llamada expositio,
en la que los niños no deseados eran abandonados en la vía pública hasta que
morían de frío o hambre o eran recogidos por algún mercader de esclavos. Esta
parte de nuestra historia solemos verla como lejana, digna de épocas donde
reinaba la barbarie y totalmente ajena a nuestra realidad.
En su número de febrero de 2012,
el Journal of Medical Bioethics publicó
vía internet un controvertido artículo titulado: After-birth abortion: why should a baby live? En él, dos filósofos
italianos, Francesca Minerva y Alberto Giubilini, proponen considerar como un
derecho universal el dejar morir al recién nacido si los padres así lo deciden,
aun si no presenta ningún defecto o enfermedad. Su argumento se basa en que
tanto el feto como el recién nacido carecen del estatus moral de persona. Así,
el “aborto post-parto”, como ellos lo llaman, seria moral y prácticamente equivalente
a cualquier otro tipo de aborto.
Lo que sorprende de esta noticia
no es la propuesta en sí, pues ya vimos que no es nada nuevo, sino la cantidad
de gente de todas las ideologías que ha puesto el grito en el cielo. Minerva y
Giubilini se quejan de correos electrónicos y llamadas telefónicas que han
recibido después de publicar el artículo, en los que incluso han habido
amenazas de muerte. En declaraciones al diario británico Daily Mail, Minerva admite que los días posteriores a la
publicación del artículo «han sido los peores de mi vida».
En China, Canadá y algunas partes
de Estados Unidos, es legal desde hace algunos años el llamado aborto por
nacimiento parcial (PBA, por sus
siglas en inglés). Este método consiste en extraer con un catéter de succión el
cerebro del bebé ya listo para nacer, con la cabeza aún dentro de la madre,
pero el resto del cuerpo ya fuera de ella.
Cuando se empezó a mostrar esta
técnica en los medios, levantó muchas voces en contra, incluso de quienes
apoyan otros métodos abortivos. Ciertamente, observar este procedimiento
mientras se desarrolla es muy impactante. Es menos impresionante ver la escena
del médico destrozando la cabeza del feto de 10 semanas de gestación en el
famoso documental del Dr. Bernard Nathanson, El grito silencioso. Y casi
nadie se inmuta cuando una mujer toma la píldora para abortar, porque este
método pasa prácticamente desapercibido por todos.
Y este es justamente el problema:
todas estas imágenes, artículos y videos escandalosos tienen la capacidad de
despertar y movilizar a la gente, que debe presenciar en forma tan dramática unos
eventos que se repiten por miles todos los días en todo el mundo para reaccionar
de alguna forma. Nos hemos convertido en la Civilización Multimedia, donde
nuestras acciones deben estar motivadas por una televisión, un periódico o un
video.
Sin embargo, la vida de un ser
humano no puede depender de la impresión emotiva que pueda causar su
eliminación. Si hemos llegado a tal punto, significa que algo hemos hecho mal.
Tan grave es el infanticidio como tomar una píldora para eliminar un embrión de
apenas unos días de gestación. Pero como al primero nos lo presentan de una
forma sobrecogedora y trágica, nos afecta y nos mueve más.
Tanto por la fe como por la
ciencia sabemos que desde el momento de la concepción hay un individuo nuevo e
irrepetible. Por la ciencia también conocemos que desde ese mismo instante
existe un nuevo ser humano, con su propio programa genético y desarrollo
autónomo.
Si no regresamos a tales certezas
que la ciencia y la fe ya nos dan, ¿a quién vamos a creer? ¿A la OMS que
considera el inicio del embarazo hasta que el huevo fecundado se implanta en el
útero materno, contradiciendo toda la literatura médica? ¿A las legislaciones y
costumbres tan variables en cada país y cultura? ¿A quienes piensan que la
persona humana comienza con la adquisición de diversas facultades: capacidad de
sentir dolor, inicio de la actividad cerebral, capacidad de vivir
autónomamente, etc.? O quizá tendremos que esperar a que haya un nuevo y
emotivo documental sobre el horror del aborto para actuar.
En términos crudos, Minerva y
Giubilini tienen razón. Su propuesta, no obstante descabellada e inhumana, es cierta en el sentido de que matar a un ser
humano fuera o dentro del vientre materno equivale a lo mismo. Pero mientras
ellos desprecian el valor de cualquiera de esas vidas humanas, nosotros creemos
que unas son tan valiosas y dignas como las otras.

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